Crítica literaria: Crónicas de Payaso.

El volumen en cuestión es, como su propio autor lo sugiere; “un cúmulo de mentiras hiperrealistas platinadas de obscenas verdades” y cuesta desde el inicio el intento de clasificación en un género predeterminado por la literatura. En una biblioteca sería coherente encontrarlo en la sección de variedades o inclasificables. Mas estamos frente a una obra de gran vuelo. Una propuesta llena de fuerza narrativa. Un muy buen ejemplo de que se pueden crear escenarios verosímiles a partir de idealizaciones y fantasías. Proyectar una historia ficticia de tal forma en que, si no conociéramos de primera fuente la tangible realidad, podríamos perfectamente creérnosla.

El periodismo alguna vez hizo de esto una costumbre cotidiana, hasta que un gran escándalo en el New York Times, donde se descubrió que una sensible nota acerca de la vida de un niño marginal había sido creada a partir de supuestos y elucubraciones de la autora, quien la había presentado como una historia real. Fue tal el descrédito que le significó al periódico, que culminó abruptamente con la carrera de la reportera estrella y sepultó para siempre este estilo de crónica. Distinto es que esa técnica se utilice para dar vida a una novela o un libro que contenga, como es en este caso, suficientes elementos para acogerla como una de las preseas a esgrimir. Hay que saber hacerlo y en Crónicas de Payaso, Pogo lo logra con maestría. Las tres partes, tres capítulos, tres historias… como se quiera interpretar, entretienen hasta el final. Un periodista que devanea entre lo bélico del mundo contemporáneo retratando en sus apuntes la beligerante historia reciente, es un excelente personaje para ser protagonista de una saga. Pienso en la novela negra que en vez de detectives posee como héroes a meticulosos periodistas que hacen preguntas incómodas y destapan la olla de grillos tras un jaque mate del que el entrevistado no se puede desentender, salvo evidenciando su torpeza y altanería mediante la asesoría matonesca del silencio, guardián de su mala imagen.

El estilo jocoso, hilvanado con imágenes sarcásticas, pero sin abusar de la ironía, puesto que luego de leer cada párrafo nos queda ese chispeante saborcillo de la gratitud. El que se siente cada vez que la vista recorre frases bien escritas y que además contienen entre líneas un mensaje que agrada descifrar. La entrevista a George Bush, hijo, posee una sabrosa antesala en donde el autor describe con aticismo, amén de una poco frecuente aciaga ola polar que azota a Washington, los pormenores que envuelven la situación. Imaginaria y todo, consigue hacer que el lector esté en primera fila sintiendo el frío, los aromas del entorno y hasta el sabor gratificante del buen café, que la secretaria del mandamás le acerca antes de comenzar con las preguntas. Tras un breve round de estudio, el corresponsal no se guarda intenciones y amenaza el mentón de George, desde el primer acercamiento. Primero con sigilo, para pasar inmediatamente a la ofensiva con verdaderos misiles que el mandatario va encarrilando con la expertiz que las cruentas lides políticas han ido forjando en su coraza. No obstante, el oficio de entrevistador no es un arte para obsecuentes y el cuestionario se torna insoslayable para Míster Bush, al punto que decide unilateralmente terminar con el encuentro entre preguntas y respuestas, abriendo las puertas de la sala oval e invitándolo a dar un paseo sin retorno por las gélidas veredas de una ciudad que bien parecía en ese momento, una postal de Groenlandia.

No cuesta imaginar, que así mismo podría haber sido, en el inimaginable caso de concretarse, el final de una entrevista no pauteada y libre con el líder mundial… si es que no; peor. Mientras avanzan las hojas, me fue inevitable divisar entre el fondo del texto, la cara sonriente de Pedro Lemebel, que escribía crónicas no muy lejanas en estilo y fraseos. La ya citada ironía se encuentra en cada renglón en las obras de Pedro, y acá, aunque un poco más ralas, no dejan de tener ingente presencia. En lo que respecta exclusivamente a la entrevista, que es el centro del relato, me encontré con una reminiscencia parecida, pero de otro autor nacional. Si no fuera porque este texto fue escrito en el año 2003, hubiese pensado en una eventual influencia de Fernando Villegas, específicamente de su libro Grandes Invitados, publicado a mediados de 2019, en donde él realiza entrevistas ficticias a variopintos personajes de la historia nacional y mundial, con idénticas herramientas, humor y remates.

Sin duda que existe una conexión en la ilación de ideas globales que hace que autores tan distintos como Villegas y Pogo, converjan en una propuesta narrativa con similares artificios. Con todo esto, gana la literatura. En el año 1978, Israel ocupa el sur de El Líbano en busca de asentamientos palestinos que estarían tramando atentados y contraataques liderados por la OLP, hasta 1983 hubo cruentos despliegues militares y un reguero de salvajes arremetidas por parte del ejército sionista, secundado por Estados Unidos. El escenario dantesco que Payaso observa in situ, ocurre mucho tiempo después, más cerca de nuestra actualidad, pero en el mismo lugar y con idénticos actores.

Estos horrendos hechos son retratados en el segundo relato de este libro mediante la cobertura que el periodista hace en un hospital que más parece antesala al cementerio. Sangre, alaridos, vendajes y muerte rebasan lo tolerable en la crudeza de la descripción que se hallan en estas páginas. Aquí emerge el escritor realista y se apodera del escenario con trazos fuertes repletos de hondo dramatismo, cuya lectura obliga a hacer pausas para digerir la desesperación y el dolor que las víctimas experimentan al tener ante sus ojos a hijos, esposos o padres pendiendo de un hilito de vida, muchos de ellos mutilados y con extremidades hechas girones, producto de bombardeos inclementes a la población civil. En la madrugada del 14 de abril del 2007, entre las llamas de una Bagdad sitiada por marines norteamericanos, ocurre el tercer segmento de este libro. El beligerante medio oriente, que bien podría ser un polvorín, nuevamente es el escenario protagonista y el descarnado relato sigue tan omnipresente como incólume puesto que los buenos y los malos de esta película vuelven a verse las caras.

A diferencia de lo que majaderamente el cine hollywoodense insiste en mostrarnos, aquí los milicos gringos están lejos de querer salvar el mundo y, muy por el contrario, su capitoste, el siniestro George Bush, sigue en las sombras moviendo las piezas negras en este ajedrez medioriental, bajo cuyo tablero borbotea el oro negro, que es el real motivo para justificar tanto tongo y constantes salvataje de causas perdidas. Los relatos que contiene este libro, especialmente los dos últimos, poseen momentos que cohabitan y discuten entre sí por la posesión de una hegemonía, en busca de una tácita definición. Alternan entre la novela y la crónica tal como lo hiciera una zigzagueante aguja, que cimbreante, entra y sale de la tela con la destreza que sólo puede ostentar una costurera. Así, luego de voltear la última página, nos quedamos con los resabios de este libro lleno de imágenes perennes. Esqueletos de ciudades reducidas a escombros, niños cargando Kalashnikovs más grandes que ellos, enfermeras con extrema vocación de guerra y la sensación, un par de veces citadas en el libro, de que, para poder aspirar a sobrevivir en una guerra, “debes ponerte un uniforme militar”

 Álvaro Ricoe

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